“Se cansaron los dioses, se cansaron las águilas, la herida se cerró de cansancio. Quedó el inexplicable peñasco.” Así reinterpretó Kafka el mito de Prometeo encadenado, y su relato puede ser leído como una moraleja: lo arbitrario, cuando permanece incuestionado, sobreviene en cansancio. Tanto los dioses, como  las águilas que devoraban el hígado del titán rebelde, cedieron finalmente ante el cansancio, abandonando su designio de castigar al temerario disidente. Mientras tanto, el peñasco por donde ascendía y descendía Prometeo permanece impávido e inexplicable, tal como el enigma que rodea a la pregunta por el bien o mal categóricos de la decisión del titán amigo de los humanos.

Pero, ¿qué pasó con Prometeo? Kafka nos dice que su herida también cerró de cansancio, mas no hay forma de saber si ésta sanación generó en Prometeo indolencia o la insuflación de nuevos bríos revolucionarios. ¿Acaso fue su liberación un motivo para continuar rebelándose ante aquello que desafiaba su sentido de justicia? ¿O, viéndose libre del picoteo carroñero, asumió su libertad como un motivo para remorder su conciencia, bajo el manto de un mandato tan inculcado como inconsciente y, como la venganza de Zeus, profundamente arbitrario?

En su obra, ByungChul Han, filósofo surcoreano, hace un diagnóstico de la sociedad contemporánea aduciendo que vivimos en una época donde el poder ya no se ejerce desde la represión, sino desde la explotación de la libertad. Según Han, los actuales mecanismos de dominación invalidan, por inefectivo, el análisis marxista de la realidad debido al hecho de que ya no se sostienen sobre la coacción sino sobre la seducción. En otras palabras, la máxima opresora “¡No debes!”, fue sustituida por la instigadora “¡Sí puedes!”. Así, en vez de sometidos por la negatividad preceptiva, hoy nos encontramos seducidos por la positividad emancipadora, autosuficiente e individualista. Libre de todo poder -sea éste propio de una clase o sujeto dominante- que subyuga y reprime, el individuo neoliberal se convierte en amo y señor de su propia circunstancia y ventura.

Pero, si como lo sentenció Nietzsche, la lucha de poder es consustancial a lo humano,  entonces, ¿dónde están los esclavos?  Frente a esta interrogante, ByungChul Han posa nuevamente su ojo clínico sobre el mismo individuo contemporáneo: en “la sociedad del cansancio” somos, de nosotros mismos, amos y también esclavos. Las luchas de poder no son ya expresadas en la exterioridad de la dinámica pública, sino en la intimidad psíquica de sujetos que experimentan la lucha entre su amo y esclavo introyectados.  Es así como, frente a las briznas remanentes de posturas idealistas que aún apuestan por la rebeldía que promueve el cambio, Han sostiene que ya no es posible la revolución. Sujetos a la cautivadora promesa del “¡Sí puedes!”,  la realidad se nos presenta como un paraíso de posibilidades que debemos interesadamente aprovechar y usufructuar. Y si fallamos, si no podemos acceder a aquellas prominentes ofertas, la culpa es solamente nuestra y de nadie más.

Lejos estamos de aquella concepción sartreana -concomitante a la lógica marxista del ejercicio del poder- que vinculaba libertad con responsabilidad. Bajo una ética de cuño marcadamente individualista, el sujeto de la sociedad neoliberal elije y actúa en forma egoísta –narcisista, al decir de Han-,  y carente de todo “horizonte de significados”. Los ideales generan suspicacia o, más aún, desdeño, en un mundo donde los valores son velados más por la ley garante de una libertad negativa (“que nada ni nadie restrinja mi libertad de acción, sea cual sea su carácter”), que por una moral reflexionada, dialogada y compartida por una multitud cooperante y comprometida. Estamos demasiado ocupados en nuestra seductora libertad autárquica, como para disponernos a hacernos conscientes, cuestionar y, ni qué decir, transformar aquello que consideramos reprobable o injusto como comunidad.

Si bien es cierto que custodiar la separación entre ley y moral es una condición fundamental para garantizar una política pluralista y tolerante, también es verdad que éstos valores políticos fueron históricamente reivindicados e impuestos por conciencias que vieron en alguna ley o práctica política estimaciones moralmente reprobables, y se empeñaron en denunciarlas y transformarlas. Henry David Thoreau, filósofo estadounidense cuyo pensamiento inspiró, entre otros, a Gandhi, sostuvo que si juzgamos una ley como inmoral, es nuestro deber moral desobedecerla. Como Prometeo, amigo de los mortales, quien desobedeció la ordenanza de los dioses movido por un “sentido de la justicia”, que los griegos consideraban piedra angular de la política. Porque aún siendo dependiente de la doxau opinión, y por tanto impasible de descubrir una verdad categórica y absoluta, el sentido de justicia era, para los antiguos, la fuente a partir de la cual el ser humano es impulsado a pensar y actuar políticamente con el objetivo de procurarse la mejor convivencia posible en la comunidad.

Ley, moral y política son representados hoy como conceptos relativamente  independientes, y sin desestimar las razones de tal escisión, resulta pertinente y conveniente cuestionar y cuestionarnos acerca de la libertad responsable que nos compele, como sujetos morales, a desarrollar y hacer uso de nuestro sentido de justicia y compromiso social. Un juicio político, como el que enfrenta hoy nuestro vicepresidente, es siempre un juicio ético y, por tanto, de cara al poder social -antecesor y supervisor del poder político- que nos es inherente, debemos asumir la responsabilidad de reflexionar y debatir para generar acuerdos racionales y profesados acerca de nuestro sentido del deber ser, y actuar conforme a ellos. Esto si, como sociedad, no queremos ser una ratificación más del diagnóstico de Han, y consumar el destino de un Prometeo cansado e indolente, entumecido ante el inexplicable peñasco, y preguntándose dónde dejó su conciencia olvidada.

Magdalena Reyes Puig
Lic. en Filosofía y Psicología
Docente de Antropología Filosófica en la Universidad Católica
Consultora en Filosofía

*Miguel de Unamuno (Soledad)