En Parerga und ParalipomenaArthur Schopenhauer elabora una parábola titulada“El enigma del erizo”. Expuestos al frío, un grupo de erizos busca la proximidad de los otros para darse calor, pero cuánto más se acercan más agudo es el dolor causado por las púas de sus vecinos, y así se ven obligados a oscilar entre un acercarse y un alejarse hasta encontrar la distancia óptima donde les sea soportable el sufrimiento que les causan las espinas de los demás erizos, sin sucumbir a la angustia y la soledad que conlleva el licencioso retraimiento.

La moraleja refleja nuestra naturaleza consustancialmente contradictoria, conforme a la cual los seres humanos estamos sujetos a dos necesidades fundamentales: la libertad de ser sin la injerencia de obstáculos foráneos impuestos, y la seguridad que nos concede la confluencia y reconocimiento de nuestros semejantes. Aristóteles insistió que únicamente los dioses y las bestias pueden darse el lujo del sumo desprendimiento; nosotros, seres reciamente vulnerables,  sólo florecemos y perduramos en mancomunión con otros.

El erizo humano está condenado a procurarse una proximidad que inevitablemente lo lastima, pero que también es condición necesaria para no sucumbir al entumecimiento de sus inmensas posibilidades. Así, es en aquella oscilación que explora la distancia justa entre libertad y seguridad donde yace una de las mayores vicisitudes de nuestra humana existencia, y desde de la cual podemos pensar ciertos hechos de la realidad política y social de hoy.  Se habla mucho de la posverdad, neologismo catapultado por Oxford Dictionaries como palabra del año 2016 y dispuesto como herramienta diagnóstica con la que varios “ojos clínicos” dilucidan el triunfo del Brexit y de Trump como síntomas de una sociedad que adolece de conformismo, individualismo, nihilismo y pereza intelectual.  Seguramente algo de esto hay… Sin embargo, al igual que cuando alguien sufre de una dolencia grave, es prudente inquirir en una segunda opinión, y Schopenhauer puede facilitarnos un buen “ojo crítico”.

Eric Kaufmann, profesor de política de la Universidad de Londres, argumenta que en la elección del Brexit y Trump, la verdadera motivación de los votantes fue el problema de la inmigración y no el de las desigualdades económicas y sociales. Hoy, el enfrentamiento es entre los que eligen en pos del desarrollo del cosmopolitismo y la globalización, y los que apuestan por la recuperación de la identidad nacional y la seguridad de la tribu. En términos del dilema de Schopenhauer, el disenso responde a respuestas encontradas respecto a cómo procurarnos aquella distancia que nos garantice el mayor bienestar.

El erizo humano tiende a experimentarse a sí mismo como una totalidad segura alrededor de la cual gira el mundo. El legado de Descartes con su “Pienso luego existo” confirma esa moderna disposición a buscar certezas y sentido en el seno del propio yo. Pero esa seguridad se ve siempre amenazada por la presencia de un otro que, desde su alteridad, nos interpela descentrándonos y enseñándonos que aquella matriz extra-uterina desde la cual escrutamos el mundo, es tan ilusoria como el entumecido confort que le procura el abrazo del muro a Pink Floyd en su eximia canción. Así, Jean Paul Sartre enfatiza la repercusión de “la mirada del otro” en el conocimiento que todo individuo tiene de sí mismo. A través de esa mirada el yo se significa y construye su propia identidad, pero también en ella encuentra los límites a sus posibilidades de instituirse y desplegarse.

En su obra A puerta cerrada Sartre inmortaliza la idea de que el infierno existe, y que está encarnado en los otros:  el averno son aquellas púas que nos mortifican e incomodan,  esa mirada que nos descubre y nos compele a demoler la muralla que nos sostiene y ampara. Pero hay erizos cuya mirada nos resulta más familiar, con quienes firmamos un “pacto de paz”, al decir de Nietzsche. Con ellos tenemos una historia, cultura y valores compartidos y entonces,  aunque irrumpan en nuestro espacio íntimo y subjetivo, serán menos proclives a pedir, solicitar, “denunciar” lo que nos falta.  Es a esta denuncia a la que, según el análisis de Kaufmann, se habrían resistido la mayoría de los votantes del Brexit y de Trump. Y en nuestro país, frente a la cuestión de los refugiados sirios, la que también está calando hondo en algunos de nosotros y ellos hoy.  Como los erizos de Schopenhauer, nos rebelamos contra lo que nos vulnera porque lo percibimos como “extranjero”, en una reacción humana, demasiado humana. Pujamos para imponer una distancia que preserve nuestra integridad, pero en dicha iniciativa corremos el riesgo de construir muros inauditos y nacionalismos despóticos. Pero entonces, ¿cómo equilibramos el péndulo de aquella oscilación? ¿Cuál es esa justa distancia desde la cual podemos mirar y ser mirados, confiriéndonos la contención, libertad y respeto necesarios para consumar humanamente nuestro propio proyecto?

En Totalidad e Infinito, Emmanuel Lévinas apela a la sugerente metáfora de la caricia. La caricia no supone ninguna expectativa previa que fuerce al otro a adaptarse a nuestras expectativas. A través de la caricia no buscamos conocer para clasificar, sino descubrir para aprender de la diferencia. En el acto de acariciar nos acercarnos al prójimo sin fundirnos–o confundirnos- en su otredad, porque en la caricia encontramos aquella distancia óptima que resguarda el equilibrio entre nuestras tan preciadas, y precisadas, libertad y seguridad. La mano que acaricia es segura y libre; siempre abierta, busca, encuentra, contiene y libera. La metáfora de la caricia inspira un pensar filosóficamente la distancia justa entre el yo y los otros desde una ética de la interdependencia y el reconocimiento, de cara a una globalización que brilla en pasquines y letreros, pero que aún nos encuentra, como a los erizos de Schopenhauer, a la defensiva y sujetos a un miedo eunuco y subyugante.