Pocos meses antes de morir, entre febrero y marzo de 1984, Michel Foucault dictó lo que fue su último curso en el Collège de France, titulado El Coraje de la Verdad. El mismo fue pensado y propuesto por Foucault como continuación de su seminario del año anterior acerca de El gobierno de sí y de los otros, en el cual examinó la concepción de la vida política de los primeros filósofos de la antigüedad griega, reflexionando en torno a las diversas prácticas y preceptos que garantizaban una vida buena para los ciudadanos de la polis ateniense. Retomando la antigua noción de “parrhesía” (el hablar franco o decir veraz), Foucault evoca la preeminencia concedida a la reflexión y la búsqueda de la verdad, como formas del cuidado de sí y de los otros, por parte de los padres de la filosofía occidental, para quienes una vida plena y feliz era llanamente impensable sin la contemplación y puesta en práctica de esa actitud inquisitiva que desafía prejuicios y opiniones falsas. Este precepto se inspiraba en el adagio desplegado sobre el oráculo de Delfos e inmortalizado por Sócrates, “Conócete a ti mismo”. En efecto, para los antiguos, el cuidado y conocimiento de sí eran inseparables, y así su desconcierto sería enorme si comprobaran como se concibe y practica el cuidado de uno mismo hoy. De cara a una creciente devaluación de la introspección y del diálogo con eso que los griegos llamaban daimon o voz interior, en este mundo contemporáneo recurrimos y respondemos a recetas y mandatos impuestos desde una exterioridad que persigue la regularidad, objetividad y universalización del bienestar o vida buena y feliz para los seres humanos. Podemos vernos a nosotros mismos como pescadores de eso que Aristóteles llamó Bien supremo o felicidad. Y en esta insigne búsqueda, hoy generalmente recurrimos y respondemos a la voz de muchos y variados “expertos”. Obedecemos, sí, a los que “saben”: como pescadores empuñamos la caña y lanzamos el anzuelo en puntos pre-determinados donde el pique es tan accesible y homogéneo como botellas de refresco en una góndola de supermercado. Todo esto, sin reparar en la responsabilidad que nos concierne en el deber tomar una decisión acerca de si el refresco es lo que realmente queremos . Ya Heidegger denunció la tan humana disposición hacia una existencia inauténtica, guiada por el “se dice” y determinada pasivamente por la exterioridad de la norma o la creencia compartida y arbitraria. “El miedo a la libertad”, parafraseando a Erich Fromm, es una de las causas por la cuales la gran mayoría de los seres humanos transita el camino de la vida inauténtica. Esta tendencia humana, demasiado humana, es desafiada por la más excepcional apuesta por una existencia auténtica, guiada por la arrogación de una libertad responsable derivada de un saber que es uno mismo el que elige, crea y legitima su propio ser y estar en esta vida. Esta libertad a la cual refiere la corriente existencialista, e implícita en el concepto de parrhesía reanimado en el pensamiento de Foucault, está íntimamente vinculada con la angustia de sabernos responsables tanto de nuestro saber como de nuestra ignorancia, y así de asumir el riesgo de aventurarnos en la búsqueda de esa verdad que podemos hacer propia, y que guiará la toma de decisiones que nos disponen y, tanto en el acierto como en el error, hacen a una existencia auténtica.

Como pescadores, nos resistimos a ponernos la caña al hombro y salir en busca de ese punto que podemos identificar y sentir como propio. Las aguas translúcidas y poco profundas a las cuales nos dirigen las creencias de moda y las verdades masificadas – tan propias de la Sociedad de la transparencia que describe Byung Chul Han- donde podemos ver y prever lo que pescamos, son más prácticas y fáciles ganándose, así, nuestra apática condescendencia.

En la exhortación de Kant, ¡Sapere aude! (¡Atrévete a pensar!) hay una alusión a ese coraje que Foucault plantea como condición categórica en el cuidado de sí y la búsqueda de la verdad. Efectivamente, con Kant aprendemos que para pensar uno debe poder abandonar o superar la postura infantil de dependencia y, por tanto, de incapacidad para concebirse como sujeto autónomo y libre. El problema, prosigue Kant, es que la mayoría de las personas se resiste a salirse de ese estado de minoría de edad para servirse de su propio entendimiento, sin la conducción de un otro que le diga cómo llevar una vida buena y feliz. Y resulta interesante reparar en el hecho de que infancia y pobreza comparten una misma raíz etimológica, razón por la cual sería relevante –si no urgente- revisar el significado y valoración asignados a la cualidad de “pobreza”: pobre no es estrictamente hablando, quien no goza de bienestar material, sino quien se encuentra desposeído de su propia capacidad para pensar y decidir en qué aguas pescar. Tomar conciencia de esto resulta fundamental para poder hacer frente a las carencias que acucian a los sectores más desfavorecidos de nuestra sociedad, tan necesitados de un genuino empoderamiento. Interpelando al antiguo proverbio chino: “Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enseñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida”: algunos podrán argumentar a favor de diversas teorías, doctrinas e ideologías que procuran enseñar a pescar, pero lo realmente urgente es revisar si en ese saber comunicado y compartido se está promoviendo y estimulando ese cuidado de sí tan importante para nuestros antiguos maestros. Porque la filosofía nos enseña que la felicidad y la vida buena son el resultado de esa búsqueda que tiene como principal objetivo a la verdad. Es a través del pensamiento y la práctica nunca acabada del conocimiento de nosotros mismos y de nuestra verdad, que nos haremos genuinamente libres, encontrando el coraje para superar nuestra tan humana e inherente dificultad para pescar en las aguas profundas y cambiantes de ese rio con que Heráclito tan maravillosamente metaforizó a la vida.

 

Magdalena Reyes Puig

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